Noticias del Momento
30 de abril de 2009
Cuarto de Revelado
Artes Visuales
Por Ignacio Rojas
Chile
Helnwein y los mil rostros de los ángeles caídos
El multidisciplinar artista austríaco a logrado conformar una obra mayor, en donde la ética y la estética no apelan únicamente a una conciencia histórica sino que también ha logrado superar sus propias fronteras discursivas para alcanzar valores permanentes; temas universales reiterados en una constante pregunta lanzada hacia el futuro a través de los innumerables rostros de los ángeles caídos en desgracia, símbolos del porvenir de la humanidad; los últimos bastiones de esperanza cifrada en los rostros de las eternas víctimas… los niños. Ante eso, la propuesta de Helnwein, de pretensiones altamente explícitas, irrumpen en espacios inesperados como verdaderos espasmos lacerantes para sus espectadores. La versatilidad de sus recursos expresivos (fotografía, técnica mixta sobre lienzo, autoretratos, acuarelas, instalaciones, performance, teatro, cine, etc.), lo ha hecho notoriamente visible a los ojos de la censura de los sectores más conservadores. Sin embargo, H. constantemente apela a aquellas imágenes que no hay que olvidar; las imágenes de un imaginario alimentado por su paisaje de infancia, que fue el paisaje apocalíptico del sombrío y triste proceso de restauración, un mundo sin sonrisas poderosamente enraizado en el afán de olvido de todo aquello que se soslaya, por pudor, culpa y miedo al reconocimiento sorpresivo de las verdades de las cuales el hombre sabe que esta infectado; la manifestación interna de la corrupción, el bullir sin límites del odio.
“Nos comportábamos como los malogrados hijos de la restauración”
Günter Grass
Epiphany I (Adoration of the Magi)
mixed media (oil and acrylic on canvas), 1996, Denver Art Museum
La reciente polémica desatada en el estado de Baviera por la circulación de los llamados Zeitungszeugen o “Diarios Testimoniales”, pone de manifiesto el peso y los cuestionamientos que aún persiguen y causan escozor entre las consciencias alemanas. La iniciativa de poner en circulación los antiguos periódicos del período nazi tenía como objetivo educar y concientizar con documentos históricos directos –fuentes duramente fidedignas–, prácticamente desconocidos para las generaciones más actuales. Volcar la mirada al pasado con la verdad palpable del sentir de la época sin darle la espalda, eran las máximas de la aparición del oscuro legado. El “modo” incluso el “gesto” es cuestionable, sin embargo, la prohibición y censura que el estado bávaro impuso al proyecto histórico-masivo, nuevamente parecen forzar a una represiva dirección de pensamiento, cuartando desde ya la opción del libre pensar en Alemania. Desde los gérmenes de la culpa y la vergüenza el gobierno alemán, acusados por los fantasmas del pasado y el trauma, han optado por educar a las nuevas generaciones, desde la dura posguerra hasta nuestros días, con una política de censura y rechazo, donde cada tibio intento por asumir o abordar la historia y los ecos humanos de un fondo atemporal, son reprimidos y lanzados bajo la alfombra. Más aún, las intervenciones del Consejo Judío Central de Alemania hacen su parte presionando irreflexivamente contra todo medio de auto-reconocimiento del pasado, en una actitud sesgada completamente por el miedo. No obstante, poco extrañan estas dinámicas de acción tipo control de plagas, incluso comprensibles más no admisibles a estas alturas en la Alemania democrática actual.
Aún así la polémica por los “Diarios Testimoniales”, es una mera anécdota dentro de una atmósfera que se limita a un progresismo vacío, sumergido en la indefensión de los fundamentos que lo confronten fuera de los lindes del Horror o el Trauma , la inobservancia del propio rostro, la contravención del ejercicio especular de todo ser humano… su faz más oscura. Son así, pocos los que han escarbado entre los cadáveres del antiguo régimen nazi, entre la opacidad de las ruinas y la humillación para extender un puente de entendimiento hacia el presente y el futuro. Entre esta pléyade incómoda y beligerante, nace en plena restauración el 8 de octubre de 1948, Viena, Gottfried Helnwein, quizás, uno de los artistas más polémicos y desconcertantes de su generación . A pesar de ser alumno destacado de la Universidad de Artes Plásticas en Viena, recibiendo premios como el Master Class ( Meisterschulpreis ) o el Kardinal-Konig (1972), sus inicios como estudiante fueron reaccionarios y de completa rebeldía. Los hechos más notorios de aquella época fueron el incendio de la academia de arte (provocando severos daños), en donde fue arrestado por la policía junto a otros dos de sus compañeros, y sus no menos llamativas performance y body art , en los cuales desde violencia, cortadas y derramamiento de sangre hubo. Estas manifestaciones expresivas, marcan los pasos iniciales de una actitud de compromiso político y social que maduraría considerablemente en el discurso estético posterior. Alejado del efectismo facilista y los ghettos del arte, Helnwein proclama en voz alta una inmersión en las necesidades humanas, en su reflexión y su reconocimiento a través del dolor y el sufrimiento. Como Egon Schiele (una de sus influencias), Helnwein posa una gran atención sobre la figura humana, pero mientras el primero la capta en un estado de tensión e histrionismo inusitado, el segundo somete a un desbordamiento expresivo a través de una pasividad estremecedora, como una violencia en sordina. La utilización de niños como modelos para este propósito es significativa como articulación de su propuesta, denuncia y desmitificación de los órdenes dictados por el establishment . No sin remecimiento, es posible apreciar que los niños de Helnwein carecen de las condiciones propias de su edad; parecen dispuestos en un arrasamiento, completamente despojados de su inocencia, con las miradas siempre pérdidas y serias, a la vez que suplicantes sin propósito, desgarradoramente resignados a los errores de la historia. Estas figuras de la niñez y sus modelos fotográficos, están constantemente sometidos a una violencia de la cual sólo se conocen sus trágicos resultados. Niños heridos, ensangrentados y poderosamente anhelantes de un sueño profundo.
I Walk Alone
mixed media (oil and acrylic on canvas), 2003
El multidisciplinar artista austríaco a logrado conformar una obra mayor, en donde la ética y la estética no apelan únicamente a una conciencia histórica sino que también ha logrado superar sus propias fronteras discursivas para alcanzar valores permanentes; temas universales reiterados en una constante pregunta lanzada hacia el futuro a través de los innumerables rostros de los ángeles caídos en desgracia, símbolos del porvenir de la humanidad; los últimos bastiones de esperanza cifrada en los rostros de las eternas víctimas… los niños. Ante eso, la propuesta de Helnwein, de pretensiones altamente explícitas, irrumpen en espacios inesperados como verdaderos espasmos lacerantes para sus espectadores. La versatilidad de sus recursos expresivos (fotografía, técnica mixta sobre lienzo, autoretratos, acuarelas, instalaciones, performance, teatro, cine, etc.), lo ha hecho notoriamente visible a los ojos de la censura de los sectores más conservadores. Sin embargo, H. constantemente apela a aquellas imágenes que no hay que olvidar; las imágenes de un imaginario alimentado por su paisaje de infancia, que fue el paisaje apocalíptico del sombrío y triste proceso de restauración, un mundo sin sonrisas poderosamente enraizado en el afán de olvido de todo aquello que se soslaya, por pudor, culpa y miedo al reconocimiento sorpresivo de las verdades de las cuales el hombre sabe que esta infectado; la manifestación interna de la corrupción, el bullir sin límites del odio.
Piezas relevantes de su trabajo han sido, por ejemplo, la serie de “Epifanías” (I, II, III), que completan un tríptico estremecedor donde el nacimiento de Jesús y la adoración hacia él por parte de los “reyes magos” y sus “pastores”, que inician las dos primeras etapas, están trastocadas por las particulares presencias y fisonomías de los adoradores, así como también su sentido. La evocación no remite a la biblia o a la celebración de la vida, más bien, representa la exaltación ideológica del odio y la adoración insuficiente, equivocada, de un ideal racial que en el nacimiento de los “aptos” y las miradas extasiadas y conformes de sus adoradores, reflejan el más elocuente prólogo del Horror . La atmósfera cromática de la serie esta concatenada por los colores oscuros, fríos azules, intensos blancos de luz (especialmente en los rostros), y la envolvente y característica propensión de Helnwein por una siniestra opacidad, de la cual sólo se puede leer la irreversible sensación de las consecuencias. La serie culmina con la tercera “Epifanía” titulada “Presentation at the temple”, que trae a la memoria a “La clase de anatomía” de Rembrandt, sin embargo, no son estos estudiantes o médicos interesados en el ser humano y la vida, desconocemos todo sobre sus personas, pero misteriosos y grotescos, son precisamente sus rostros los que hablan por ellos en la más completa deformidad.
Los rostros deformes, aberrantes y serios, entorno a la ambigua serenidad de una niña que descansa inerte sobre una mesa, pone de manifiesto la faz más cruda e intrínseca de la humanidad. Los rostros para H., expresan y poseen las huellas de nuestros deseos más oscuros, la deformación responde a esa máxima connatural y nefasta, a la progresiva corrupción. No es por tanto, una casualidad que haya una particular fijación e interés por los rostros y su devenir. Un ejemplo drástico de esto fue la exposición de su trabajo “Angels sleeping” (1999), donde una amplia y nítida serie de cuadros muestra a distintos fetos en un estado de suspensión impactante, nuevamente instalando la ambigüedad de la muerte y la placidez del sueño de un niño. Las grandes dimensiones de estos cuadros, buscan remecer a sus espectadores, obligar al cuestionamiento moral y ético contrarrestando a través del rostro más puro del shock la indiferencia y el silencio de la sociedad ante los crímenes, no sólo del pasado, sino también los que tienen lugar día a día bajo la sombra del anonimato.
El fuerte compromiso político y social de Helnwein, no ha dado muestras de complacencia o pasividad ante hechos tan repudiables como los ocurridos Spiegelgrund Viena, que fue uno de los 30 Centros de Eutanasia o higiene racial existentes durante el Tercer Reich. El principal responsable de los genocidios cometidos en esta institución de “limpieza de la población infantil defectuosa”, fue el Dr. Heinrich Gross, a quien Helnwein no dudo en apuntar con el dedo, cuando en 1979 protesta contra el susodicho asesino, después de que éste admitió sin remordimientos, durante una entrevista, –en un gesto casi deportivo –, haber puesto veneno en los alimentos de niños con discapacidades mentales como también sanos (así como otros macabros procedimientos como fueron las inyecciones de morfina-hidrocloral o luminal o simplemente dejándolos morir de hambre ). Y no sólo eso, posteriormente los cerebros y restos de los niños fueron puestos en frascos con formol y guardados para experimentos e “investigaciones científicas” hasta 1998. Experimentos con los cuales alcanzó reputación como médico en el campo neurológico e incluso recibió una condecoración (1966), irónicamente entregada por el estado en agradecimiento por sus “servicios en favor del país”. Amparado por el partido socialista austríaco, el Dr. Gross (1915-2005) nunca fue condenado por sus crímenes, recibió su pensión por parte del gobierno de Austria hasta su muerte y en esos últimos años esquivo la justicia alegando demencia y “no acordarse de lo sucedido”. Hablamos de 800 niños que recién el 2002 recibieron cristiana sepultura. El hecho dejó al descubierto la timorata actitud del gobierno austríaco de hacerse cargo de su complicidad criminal con los nazis solapada durante años. Por su parte, Helnwein consigue publicar en un medio escrito una visceral acuarela dedicada especialmente al Dr. Gross poco después de su indolente declaración. Esta se tituló L ebensunwertes Leben (Vida no merecedora de vida), término utilizado por los nazis para referirse a todo lo indeseable. En esta pieza, vemos con brutal simpleza a un niño envenenado con su propio alimento.
La Novena Noche de Noviembre
Selektion - Neunter November Nacht (Ninth November Night)
Installation, Kulturbrauerei, Berlin, 1996
“La función del artista es evocar la experiencia del reconocimiento sorpresivo: mostrarle al espectador lo que él sabe pero no sabe que sabe. Y Helnwein es un maestro del reconocimiento sorpresivo.”
William Burroughs
Una de las obras más destacadas de Helnwein, y que tiene la virtud de condensar gran parte de su compromiso y sus intenciones estéticas, junto con resaltar por su monumental realización, se remite a 1988 con la instalación llevada a cabo en el centro de la ciudad de Colonia, Alemania. Corresponde al primer gran paso de una serie de instalaciones de gran envergadura que el artista ha proyectado en su afán de hacer visible el dolor del hombre provocado por sí mismo. La instalación se llamó “Novena Noche de Noviembre” (Neunter November Nacht), consistió en una exposición fotográfica de al menos 100 metros que abarcaba desde el Museo de Ludwig y la Catedral de Colonia, desplegando innumerables rostros de niños. Pálidos, tristes, ausentes de toda luz y esperanza.
La exposición fue realizada en recuerdo de las víctimas del pogromo a la comunidad judía en Alemania y Austria, durante la noche del 9 y 10 de noviembre de 1938, conocida como “La noche de los cristales rotos” (Kristallnach) y que afectó a todo el país (se considera como el inicio del Holocausto). Desde esta gran acción conmemorativa, sus obras apuestan por no quedar atrapadas o anquilosadas en los museos o que al menos no se conviertan en objetos privativos de los mismos. H., lleva el arte a las masas, hacia el exterior propiciando la comunión y el contacto reflexivo con los espectadores. Su no menor conocimiento del impacto de la mercadotecnia y la publicidad, lo ha llevado a servirse de inusuales soportes para llevar su arte más allá de las elites o círculos cerrados de la cultura.
La “Novena Noche de Noviembre”, es un llanto constante y silencioso, la expresión más plausible del arte del dolor. Más allá de su significativa carga histórica, la atemporalidad de la obra de Helnwein se trasluce en cada imagen que irrumpe en las calles; el acto incansable de forzar la mirada hacia una estética decidida por un hiperrealismo, que perentoriamente exige situarse y comunicar desde la más cruda veracidad. Un trabajo tan profundamente psicológico, incómodamente verdadero, conflictivo y cuyos tejidos medulares se componen de una materia tan frágil como la mirada destruida de un niño, de su infancia, nos hacen pensar –no sin un hueco en la garganta–, en un espacio de insondable gravedad, entre nuestra perdida en el camino de la vida y el sufrimiento de pequeños seres, desde el primer asomo, estancado en la rigidez de una mirada, de una imagen insostenible. La contemplación del arte de Helnwein, aprieta en la llaga de nuestras consciencias dejando únicamente la resonancia de una pregunta, un eco insoportablemente retórico: ¿Cómo es que empiezan las cosas, cómo oscilan?
The Last Child
2008, Installation in the City of Waterford, Ireland
Pablo de Rokha
Este es nuestro homenaje rutilante a la obra y persona de Pablo de Rokha (1894 – 1968), tal vez el más avasallador de los poetas chilenos, revolucionario y vidente, noble e inquieto obrero de la palabra. Recogimos aquí los restos de su tormenta, las instantáneas de quienes lo sobrevivieron, las impresiones vivas de sus versos, lo que perdura de su grito incalculable a cincuenta años de su suicidio terrible. Autor de Los Gemidos (1922), La escritura de Raimundo Contreras (1929), Morfología del Espanto (1942), Canto al macho anciano y La epopeya de las comidas y bebidas de Chile (ambas en 1965), ganó el Premio Nacional de Literatura en 1965 dejando tras de sí una de las escrituras más rupturistas, inabarcables y subversivas del siglo pasado, digno contendor de Vicente Huidobro y Pablo Neruda en el panorama de esos años crudos.




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